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  • Crítica de Blanquita, de Fernando Guzzoni

Algunos premios aún conservan, a veces, la cualidad de acertar de lleno. Son situaciones cada vez más raras, pero existir, existen. Blanquita viene con un premio al mejor guion (en la categoría Orizzonti) del pasado festival de Venezia, y dicho reconocimiento no podría ser más atinado ya que, con independencia de sus otras bondades, es el libreto de Fernando Guzzoni (también director) su valor distintivo. Y de qué manera. Porque se basa en el caso Spiniak, de prostitución infantil y que acabó salpicando a políticos chilenos, pero se acerca a él de una manera radicalmente opuesta a lo que cabría imaginar: ni es el habitual melodrama madeinusa que acaba con el bigger than life y las alabanzas a la justicia autóctona de turno; ni el drama social que acostumbra a llegar de latitudes suramericanas (o europeas). Aprovechándose de las sombras que el caso original sigue ofreciendo, indaga en los ángulos muertos, aquellos pasajes en que no queda claro quién dice la verdad y quién no; quién quiere denunciar lo inenarrable, y quién se aprovecha de la situación.

Sí es cierto que la propuesta de Guzzoni subraya lo dramático del tema que se trae entre manos, y nada más faltaría. Una fotografía oscura y lúgubre, un planteamiento asfixiante y con cierta sensación de precipitación (en oposición a la buscada lentidud, demasiada a veces, con la que se desarrollan los hechos) nos confirman que, como ocurriera con su compatriota Pablo Larraín y su brillante El club (también sobre los abusos sexuales), no se quiere frivolizar en absoluto con unos hechos tremebundos. Hechos que requieren que se haga justicia, que es justamente el motor de sus personajes principales. Sin mácula, en este sentido. Pero a partir de aquí, Blanquita se pregunta es hasta qué punto es válido eso de que el fin justifique los medios, con una película que se ubica en una desasosegante, para el público, escala de grises a base de verdades a medias.

Y no lo pone fácil: no queda claro por qué ciertos personajes insisten tanto en dar caza a los políticos en cuestión, como tampoco cuánto de validez tiene el testimonio de la Blanquita que da título a la película (excelente interpretación de Laura López, por cierto), una de las víctimas de la denunciada violación. Con una habilidad sorprendente, el guion elimina de la ecuación las piezas del puzle que decantarían la balanza moral (de la misma manera, insisto, que el caso Spiniak), y se dedica a un puntilloso funanbulismo por un finísimo hilo en medio de un torbellino de moralidad, legalidad, corrupción y manipulación. Y en este sentido, tildar de efectivo el último plano del film es quedarse corto, para describir las sensaciones que desata inmediatamente antes de que los títulos de crédito hagan acto de presencia.

Un plano final deudor de Haneke, si se quiere, que además de su tremenda carga emocional, pone en evidencia la otra gran carpeta que merece abrirse a la hora de hablar de Blanquita, como son sus formas. Ya no es sólo que se opte por tonos oscuros y opresivos, es que el film de Guzzoni guiña un ojo al ya citado austríaco, tanto como a los thrillers de De Palma, o al de Fincher. Todo para no olvidar que, por encima de todo y al margen de dónde estén los límites de la verdad, todo parte de unos hechos terroríficos y el miedo sigue latente. Debido a la dudosa resolución del caso real, sí… pero también debido a la existencia de semejantes seres que campan a sus anchas sin apenas castigo. Y quizá Guzzoni se pase de frenada ocasiones: Blanquita cuenta, aquí y allá, con pinceladas de más que por momentos la convierten en un ejercicio cinematográfico innecesariamente recargado. Curiosamente, en dirección contraria a la contención absoluta con la que todo se cuenta: no hay nada explícito en ella, todas las piezas del tablero están ocultas para que, insisto, la veracidad de lo que se expone a uno y otro lados del ring no pueda esclarecerse nunca. Nos tocará contestar sin ayuda: ¿Hasta dónde me creo? ¿Hasta dónde llegaría yo? ¿Qué vale y qué no para que se haga justicia?

Una película inteligente, en definitiva, que sabe cómo mantener en activo el cerebro de su público en todo momento, y que invita a mantener abierto el debate.

Trailer de Blanquita

julio 8, 2023

Por Fomorama

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