La película chilena El agente topo parte de una premisa muy divertida, pero claramente desaprovechada en su potencial cómico durante la primera mitad: una agencia de detectives contrata a un anciano de más de 80 años, para que se infiltre en una residencia de ancianos, ante la sospecha de una clienta de que su madre está siendo robada y mal cuidada en dicho centro. Como con Ayuso en Madrid, vamos.
Sergio, el James Bond de la tercera edad, entra en la residencia, y ante su calidad humana y sus buenos gestos, acaba haciéndose con todos en el geriátrico, mientras pasan los días entre ancianos bien cuidados, pero que no reciben visitas o cariño de sus familiares.
Al final, lo que importa de este filme, nominado en los últimos Premios Goya en la categoría de Mejor película iberoamericana, y candidata a los próximos Premios Oscar, es cómo ve la sociedad actual a los ancianos, cómo el sistema les trata y cómo les olvidamos, a sabiendas de que algún día futuro estaremos en su situación.
Una película con un halo de tristeza y pena en todo su metraje, mayormente en su segunda mitad, pero que a su vez desprende un mensaje de esperanza y cariño por nuestros padres y abuelos. Y ahí radica su fuerza, un propósito crítico claro hacia nuestra sociedad, cada vez más despegada con los nuestros, y hacia nosotros mismos.
