La pandemia nos ha cambiado y, aunque parezca que estemos volviendo a tal y como estábamos antes de la misma, la involución total es imposible. Familias rotas, vidas alteradas, diferentes formas de ver la realidad; vivimos una nueva normalidad, en definitiva, que si algo positivo trae consigo, es el su uso para abrir nuevos horizontes cinematográficos. Con El reino animal, Thomas Cailley (director y co-guionista junto a Pauline Munier) se plantea una nueva pandemia: en este caso, quienes son afectados por el virus en cuestión, empiezan a mutar en animales. Y luego se pregunta cuánto hemos aprendido y cómo podríamos afrontar, en caso de que una nueva epidemia global hiciera acto de presencia, una nueva-nueva normalidad. No es necesario que se nos diga si lo que ocurre en pantalla es después del Covid, o si en dicho universo el Covid jamás existió. Público y equipo de la película han quedado irremediablemente marcados por él, así que aun a nivel subconsciente, ahí sigue. Y como tal, no hace falta ahondar demasiado en ello. 

El primer gran logro de El reino animal es justamente ese: tiene un mensaje bastante claro y crítico con el tema de las pandemias, pero no lo subraya en demasía, no se obsesiona con él porque no toma a su audiencia por tonta: ya sabrá sacar sus propias conclusiones. Sin dicha losa, queda espacio de sobras para adentrarse en otros territorios, de reflexión igualmente necesaria, pero tratados con la misma sutileza y atino suficientes como para saber decir basta sin pasarse de aleccionadores. El guion de la película indaga en cuestiones de convivencia entre razas, tema siempre peliagudo en Francia. Pero también de la afección de una enfermedad (y del saber dejar marchar) en el seno de una familia. Y de cómo esto u otros acontecimientos traumáticos, pueden afectar al desarrollo de un adolescente. En concreto, seguimos a padre (Romain Duris) e hijo (Paul Kircher) cuando deben abandonar la ciudad y mudarse a un pueblo a las afueras donde se ha construido un centro para los afectados, entre quienes se cuenta la madre.

Apostando el todo por el todo por mantenerse fiel a sí misma en todo momento, la propuesta consigue saldar con éxito una jugada que parecería condenada al fracaso: buscar credibilidad y empatía por vía de mutantes mitad humanos mitad animales, podía caer en el chiste, la mofa, o el simple cine de terror de serie B. Pero Cailley esquiva todo ello hilvanando con maestría las cartas en su haber: además de saber que el público sabrá reconocer las temáticas y el marco donde se ubica el film, presenta con suma inteligencia todo lo relacionado con el virus mutante. Un par de sobresaltos, un par de visiones fugaces, todo muy propio del cine de terror, da paso casi de inmediato a una humanidad extrañamente superior en las bestias que en los que aún son 100% humanos. Hasta el punto de ubicar a la platea del lado de los infectados, sufriendo su “apartheid” en nuestras propias carnes, odiándonos a nosotros mismos al ver cómo, una vez más, pretendemos ser la raza superior por vía de la opresión y el silenciamiento. Porque eso hace el principal cáncer del planeta Tierra: tratar de evitar lo inevitable, de parar la evolución en pos de una protección de lo caduco.

Por todo ello, tarda poco El reino animal en convertirse en una bomba emocional que, de nuevo, sus responsables saben detonar con sumo atino. Logrando pasajes absolutamente mágicos (toda la subtrama relacionada con la bestia que vive en el bosque), haciendo que sus personajes principales vayan evolucionando y haciéndose a su nueva normalidad de manera natural y empática. Y concluyendo con uno de los clímax más intensos de los últimos años. 

Si el cine de género jamás se agota es porque siempre hay algún cineasta interesado en usarlo para sus propios fines. Para hacer de lo fantástico, una metáfora de algo que el público pueda entender como suyo. Y en este sentido, la película que nos ocupa es una clase maestra: toda reticencia que pudiera tenerse ante su premisa queda en agua de borrajas en este drama tan precioso y necesario, tan sumamente humano y real. De los grandes títulos del año.

octubre 13, 2023

Por Carlos Giacomelli

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