Lisandro Alonso es uno de esos cineastas con cosas que decir. Con una visión personalísima y un estilo con potencial de sobra para deleitar. También para agotar paciencias, ojo. Pero a nosotros nos fascina, y Eureka no es la excepción. La que quizá sea su película más ambiciosa y difícil hasta la fecha, es también un prodigio de un cine marcadamente autoral, que a su vez sirve de homenaje al western clásico y a un cine social por el que el propio Alonso se había mostrado interesado antes y tenías ganas de dirigir.
En resultado es una película cambiante, hechizante; lenta, también, pues no deja de ser una prueba de fuego. Una por la que vale mucho la pena arriesgarse.
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