Transcripción de la crítica de la sonrisa del mal
En un panorama cada vez más dominado por el estreno-evento, La sonrisa del mal (título español bastante más torpe que el original La valle dei sorrisi, “El valle de las sonrisas”) llega a los cines casi de tapadillo, y es una pena. El nombre español la acerca peligrosamente a una producción de terror de serie B a lo Blumhouse, cuando en realidad lo que propone es algo bastante diferente, más poético y más incómodo. Para complicarlo aún más, el título internacional es The Holy Boy (El niño sagrado), así que parece que cada mercado ha decidido tirar por su lado, aunque ninguno consiga reflejar del todo bien lo que la película es.
La valle dei sorrisi es una película italiana de género dirigida por Paolo Strippoli, un cineasta con pocas obras en su haber pero que aquí firma su trabajo más sólido hasta la fecha. El film ha pasado por varios festivales (incluyendo Venecia y Sitges) y ha cosechado un beneplácito crítico suficiente como para justificar su salto a la explotación comercial. El guion lo firma el propio Strippoli junto a Jacopo De Giudice y Milo Tissone, y se construye sobre una premisa sencilla pero inquietante.
El protagonista es un profesor marcado por un trauma del que no consigue salir. Descontento con su vida, es enviado a dar clases de gimnasia a un pequeño pueblo situado en un valle. Ese pueblo se llama Remis, y su rasgo más llamativo es que todo el mundo parece feliz, en una suerte de estado de calma y plenitud permanentes. El profesor llega allí con la esperanza, más o menos explícita, de que ese entorno idílico le ayude a superar sus propios demonios. Ahí es donde cobra pleno sentido el título original: El valle de las sonrisas remite no solo a un lugar, sino a una metáfora que la película se encarga de desplegar.
La felicidad, por supuesto, tiene truco. Una vez a la semana, todos los habitantes del valle se reúnen para participar en un ritual: abrazar a un niño, Matteo, que actúa como catalizador del bienestar colectivo. El niño absorbe los males de los demás y, a cambio, les proporciona una nueva semana de felicidad, como si fuera una batería que se recarga mediante el contacto físico. Para el pueblo, este rito es algo completamente normalizado; para el profesor, que viene de la ciudad y mira todo con otra perspectiva, el mecanismo es profundamente perturbador. Empieza a sospechar que ese dolor que Matteo absorbe deja secuelas en el chico, identificado visualmente por un mechón de pelo canoso, y que nadie parece querer ver.
Matteo, además, es un adolescente en los últimos cursos de bachillerato, atrapado en esa edad complicada en la que no todos los compañeros tratan bien al que es diferente. Es un niño callado, aislado, al que se respeta por su “utilidad” pero al que casi nadie considera una persona con derecho a sentir como cualquier otra. El profesor percibe enseguida que ese chico no está bien y, de forma casi instintiva, se propone salvarlo.
Aunque el planteamiento podría sonar a cuento gótico de otra época, la película es contemporánea. Justo ahí está una de sus virtudes: La valle dei sorrisi funciona como folk horror costumbrista italiano, de esos relatos sobre pueblos perdidos donde el tiempo avanza a un ritmo distinto al de las grandes urbes. Ese cierto anacronismo no es un descuido, sino un recurso que refuerza el subtexto: Strippoli utiliza el marco del terror para hablar del peso del catolicismo y de los fanatismos religiosos casi sectarios que aún perviven en determinadas comunidades rurales. Hay ecos claros de El hombre de mimbre, y no es casual que el film se enraíce en un país tan marcado por la Iglesia, sobre todo en esas zonas de “entretierra” que parecen suspendidas entre tradición y modernidad.
Más allá del componente religioso, la película también se ha descrito como un thriller con cierto aire “stephenkingiano”: un forastero que llega a un lugar aparentemente perfecto, una comunidad con secretos, un niño en el centro del misterio. Pero, sobre todo, La sonrisa del mal tiene un fuerte componente de coming of age. Matteo es un adolescente obligado a madurar en circunstancias imposibles: es el epicentro del dolor de los demás y, al mismo tiempo, blanco de incomprensión y crueldad. El film se convierte así en una reflexión sobre la aceptación del dolor, sobre los procesos de luto y los traumas que todos cargamos, sin necesidad de que haya una pérdida concreta detrás. En Remis, sus habitantes rechazan atravesar el duelo, prefiriendo descargar sus penas sobre el chico para prolongar una felicidad artificial.
De ahí se desprende uno de los discursos más interesantes de la película: cómo gestionamos lo que no queremos aceptar, cuán tentador resulta tomar la vía fácil y decir simplemente “prefiero ser feliz y ya está”, aunque sea a costa de otros. El profesor, en este contexto, se convierte poco a poco en una suerte de héroe inesperado. Nadie le pide que salve al niño, pero encontrar una misión que cumplir, alguien a quien proteger, se convierte también en un vehículo para canalizar su propio trauma y empezar a enfrentarse a él.
En lo formal, La sonrisa del mal destaca por su atmósfera. Strippoli dosifica muy bien la información, construye un entorno de colores apagados, neblina persistente y ceños fruncidos que envuelven la historia en un tono opresivo y melancólico. La película conduce con solvencia hacia un clímax que, quizás, cede un poco más de la cuenta al terror más vulgar y efectista, traicionando levemente la sutileza del planteamiento inicial. Aun así, se trata de un desliz menor en un conjunto que se percibe muy trabajado y mimado, especialmente para un director con tan poca filmografía previa.
El reparto está a la altura de la propuesta. Michele Riondino, Giulio Feltri y Romana Maggiora Vergano sostienen con credibilidad ese equilibrio entre lo cotidiano y lo inquietante.
La sonrisa del mal es, en definitiva, una película de género interesante, con más ambición temática y estética de lo que su título español deja entrever. Es cine italiano de terror y folk horror que se atreve a hablar de fanatismo, de dolor y de duelo, con una puesta en escena atmosférica y un pulso narrativo firme. Estrenada en Sitges como película de clausura de una de las secciones paralelas, fue muy aplaudida en su momento, y no cuesta entender por qué.
