Diez años, decía su directora y guionista en la presentación de Nightmare, ha necesitado esta película para ver la luz. De los cuales, la mayoría dedicados a la investigación. Y es que a la sueca Kjersti Helen Rasmussen le fascina la pesadilla, desde su vertiente más mitológica a la científica. Y su propuesta busca abarcar todo lo referente a ellas: una pareja se muda a un piso que ha salido tirado de precio, y a la mínima, ella empieza a tener sueños extraños y cada vez peores. Podría estar viviendo en sus propias carnes el acoso de un demonio (un Mare) que cada vez le pone más difícil distinguir realidad de sueño. Parálisis, sonambulismo, y en última instancia paranoia y agotamiento nervioso, la hacen tomar riendas en el asunto e investigar sus pesadillas por la vía científica, para incredulidad de un novio cuya paciencia se va agotando.

Pese a que Nightmare se adscriba en el género del terror puro y muchos, demasiados recursos de Rasmussen beban de él, se diría que la finalidad del film pasa, más bien, por hacernos querer saber más. Sorprendentemente, pese a su condición de ficción más absoluta supone un estudio bastante chichudo sobre el fenómeno de la pesadilla. Consecuencia, claro, de tanto tiempo de pesquisas por parte de su responsable, quien se descubre mucho mejor guionista que directora: al torrente informativo sobre el tema central, se añade una ulterior capa argumental que, al menos a juicio de quien esto escribe, supone la mejor de ellas: él quiere tener hijos y fuerza la máquina, mientras que ella aún tiene dudas. Semejante toxicidad cobra fuerza a nivel metafórico cuando los dos planos de realidades, consciente y subconsciente, se alternan con mayor virulencia, escribiendo una crítica feroz hacia el machismo estructural y familiar. Y suponiendo una película de terror que pese a su abuso de efectismos, huye del terror más burdo en pos de uno que circula de manera mucho más soterrada.

Pinta bien, ¿eh? Pues así y todo, Nightmare no encandila.

Quizá también por su alargado proceso creativo, la película se antoja sumamente cerebral y prácticamente nula en lo emocional. Todo está calculado al milímetro para evitar exabruptos, pero ese espíritu gélido que pretende impregnarle su responsable, se pasa de frenada. Y esto aplica tanto al desarrollo de la trama como a su apartado formal: cada plano es el que tiene que ser, los recursos escogidos en esta o aquella escena son los correctos… pero no hay espacio para el riesgo, la innovación, la firma de la directora. No hay, o no se desprende, pasión por ningún lado, ya sea a nivel argumental o audiovisual. De manera que no nos queda otra que atender a la, casi casi, conferencia de Rasmussen sobre las pesadillas; que asentir con la cabeza constatando que tiene más razón que un santo al criticar al hombre de la relación. Pero no nos llevamos nada nuevo a la boca. Cualquiera de los referentes en que pueda el lector pensar cuando se hable de apartamentos malditos, demonios de pesadilla o relaciones nocivas, sacará matrícula de honor en emoción, comparado a una Nightmare, o Marerittet, que de tan pensada y académicamente perfecta, acaba dejándonos… eso, helados.

octubre 7, 2022

Por Carlos Giacomelli

Sitges 2022

Carlos Giacomelli

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