Entre contundentes dramas políticos y dramas sociales, se movía hasta ahora la filmografía del muy argentino Santiago Mitre. Es más, en 2022 se estrenaba su película más grande hasta la fecha: Argentina, 1985, poderoso retrato de alguno de los momentos más oscuros de la historia de su país. En fin, que poco esperable era que a apenas un par de meses del estreno de la misma, llegara otra película suya, Pequeña flor. O lo que es lo mismo, una comedia negra, romántica, y francesa.

A contrapié pilla la propuesta, como lo hace prácticamente todo lo que en ella se desarrolla. Pequeña flor nos mete en una suerte de universo «quentindupieuxiano» en el que, de entrada, todo es de lo más común: una mujer está dando a luz junto a su pareja, y corte a algo más adelante en el tiempo, donde él va a trabajar mientras ella se queda en casa a cuidar del bebé (sic)… Sólo que pronto empiezan a cambiar las cosas. A él le despiden, lo cual lleva a una inversión de roles en casa, que contrariamente a lo que nos podíamos imaginar, no da pie a la previsible comedia de situación de turno. Al contrario, una voz en off nos dice que vamos a ver la historia de su propio asesinato. ¿Mande usted? Y luego ocurre dicho acontecimiento, que lo cambia todo… salvo lo único que tendría que cambiar (cuando la veáis, lo entenderéis). Vamos, que lo único que queda claro es que Mitre va a jugar al gato por liebre constantemente, en una película que no parece suya salvo por la factura, siempre impecable. Apariencias engañosas, en definitiva, en una cinta simple y previsible de entrada, juguetona y profunda a la postre. Como una sesión de jazz… Y con un tema-objetivo principal al que, sorpresa, tampoco se le atiza como es habitual.

Porque conforme pasan los minutos, va abriéndose paso un discurso sobre la rutina de la vida en general pero, sobre todo, de la que se instaura entre las parejas de larga duración. Hay una opinión al respecto, es potente y queda sumamente bien expuesta por mucho que lo haga mediante un espectáculo que invita a dejarse llevar, sin pararse demasiado a pensar en las justificaciones de lo que va sucediendo en pantalla (voluntariamente eliminadas de la ecuación); por via de una trama que pasa por mansiones ricas, salidas nocturnas y gurús de Vilanova i la Geltrú, para hablar de asesinos a sangre fría, en el fondo. Y es que bien podríamos estar ante una versión argentina, y deprimida, de Patrick Bateman (ignoro si Iosi Havilio, responsable de la novela original, juega las mismas cartas que Bret Easton Ellis en su American Psycho, pero desde luego se puede trazar una línea recta entre ambas versiones cinematográficas).

Despiste, mezcla de géneros, humor negrísimo y, al final de todo, una historia de inmediata empatía con agradecida reflexión. Todo ello en 90 minutos de película-adicción que crece y crece conforme pasan los minutos y confirman a Mitre no sólo como un cineasta exquisito y excelente narrador de historias sino que, además, como uno de esos directores que pueden saltar de géneros y hasta geografías sin que les tiemble el pulso.

Trailer de Pequeña flor

diciembre 7, 2022

Por Carlos Giacomelli

Sitges 2022

Carlos Giacomelli

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