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  • Crítica de Romancero (temporada 1, Prime Video)

La trayectoria de Fernando Navarro como guionista de cine deja entrever una obsesión que se confirma, de manera cristalina, en Malaventura: los relatos que componen su unico libro publicado hasta la fecha, dibujan un fresco de España que es del todo reconocible e intransferible. Esa España de color ocre, deprimida, polvorienta y violenta; un conjunto de historias que bascula entre el costumbrismo y el arraigo, y que sabe otorgar cierta aura mítica a su retrato, por muy salvaje y despiadado que sea. En definitiva, el libro de Navarro es, justamente, una suerte de romancero. Y en este sentido, la serie de Prime Video que ha creado junto a Tomás Peña no es sino una continuación del mismo, aplicada al género cinematográfico al que más se ha dedicado (por medio de sus colaboraciones con Paco Plaza o Jaume Balagueró). No son pocas las ocasiones en que los seis episodios que componen la ¿primera? temporada de Romancero, se desinteresan del el desarrollo de la trama, en pos del fresco poliédrico. En lugar de seguir el argumento principal, la serie no duda en abrir recorridos paralelos que indagan en los trasfondos de sus diversos personajes y lugares. Y ahí reside el principal logro de la propuesta: en haber conseguido enfrascar un Déjame entrar, o mejor un True Blood en latitudes españolas en general, y andaluzas en particular.

Porque la serie versa sobre vampiros, brujas y demás bestias. Siguiendo, en concreto, a dos adolescentes que escapan de todo ello y de algo que aún da más miedo, si cabe: las fuerzas de la ley. Huyen de casas y chabolas inseguras, con familias desestructuradas y situaciones descontroladas. Huyen de poderes ajenos a nuestra comprensión. Una huída hacia delante, hacía un futuro con algo más de luz. No por nada, la serie se centra en una sola noche. Todo ello en apenas seis episodios de menos de 30 minutos, en los que tienen cabida el terror y lo sobrenatural, pero también el marco costumbrista y, por supuesto, la denuncia. Porque otro foco más del interés de Romancero, es la crítica al de abuso de poder, al racismo y a la desigualdad. Insisto: a todo ello se le da forma por medio de la descripción de personajes y del marco en que están, a costa de sacrificar desarrollo y línea temporal.

Otra apuesta a modo all in de Romancero es (a riesgo de que Lorca se revuelva en su tumba) acercarse a la poesía, si bien aplicada al audiovisual por medio de su acabado formal. Bajo la dirección de un Tomás Peña especializado en videoclips de Rosalía, Katy Perry o Rauw Alejandro. Se trata de episodios recargados por medio de fotografía e iluminación viciadas, montaje en ocasiones casi esquizofrénico, y en general, cierto eclecticismo (como ya atestigua su fugaz introducción, siempre cambiante). Justamente, un tono videoclipero que se antoja arriesgado habida cuenta de las ambiciones de la serie y la aversión que puede generar a nivel audiovisual. Aversión que se acrecienta con puntuales conatos de violencia excesiva. Y es que, no, no es un producto fácil.

Lo malo es que la cuesta se torna demasiado empinada cuando, a las ya de por sí elevadas exigencias que semejante torbellino audiovisual y argumental le pide al público, este se ve óbligado a dar algunos saltos de fe extra, para cubrir los huecos que la propia serie no consigue rellenar. Y no por otra cosa que por falta de tiempo. Su condición de serie brevísima le pasa factura en relación a todo lo que pretende abarcar, y se aprecia en resoluciones fáciles o precipitadas. Pero también en una nada bienvenida sensación de confusión generalizada, fruto de una falta de concreción y de puesta en situación que jamás deberían darse en un producto de estas características, con tanto por explicar de un imaginerio conocido tan sólo por sus responsables.

A la postre, tan agridulces sentimientos suponen una pena porque saben a derrota, cuando no debería serlo. Porque Romancero es una serie que arriesga y que ofrece algo diferente, no tanto por el qué (estamos de vampiros hasta las narices) sino por el cómo. Es de alabar que se atreva a sacar a relucir tan abiertamente muchas carencias de nuestra sociedad, tanto como que se esfuerce por dar cabida al costumbrismo por encima de lo fantacientífico. Y qué demonios, hay que tener coraje para recuperar a estas alturas de partido a Willy Toledo (perdón, Guillermo Toledo ahora) en plan crepuscular y encima ofreciendo una interpretación acertada, si bien a años luz de la única gran actriz de la serie, Belén Cuesta. Y sin embargo no consigue sacarse la espinilla del «lo que pudo haber sido». No consigue desprenderse de cierto aroma de decepción que, quizá, hubiera sido borrado de haber tenido más tiempo para explicar con algo más de relajo lo mucho que tiene que decir. Habrá que esperar a la siguiente temporada para abrir el melón y ver qué sale.

Trailer de Romancero

octubre 7, 2023

Por Carlos Giacomelli

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