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  • La mejor película argentina de la historia | Crítica de Trenque Lauquen, de Laura Citarella

Transcripción de la crítica de Trenque Lauquen

Trenque Lauquen se ha convertido, con todo merecimiento, en uno de los fenómenos cinematográficos del año. Esta producción argentina, dirigida por Laura Citarella y escrita junto a Laura Paredes, llega a los cines españoles en un formato tan poco convencional como estimulante: cuatro horas y veinticinco minutos divididos en dos partes, pensadas para verse seguidas, con una pausa entre medias, como si el propio visionado imitara el ritmo de una novela-río.

La premisa, contada en frío, parece mínima: una mujer, Laura, desaparece, y dos hombres se lanzan a buscarla. No hay policías ni investigación al uso, solo dos tipos que se suben al coche para ir a ver qué ha pasado con alguien que ha dejado de contestar. A partir de ahí, la película se despliega en una docena de capítulos que cambian de punto de vista, juegan con flashbacks, abren subtramas laterales y componen, poco a poco, algo así como un multiverso narrativo alrededor de una ausencia. Lo que empieza siendo un relato aparentemente sencillo se convierte en una crisálida que no deja de abrir capas nuevas.

Citarella ha explicado que le interesaba filmar a “una mujer en movimiento”, y esa idea vertebra la película: lo que vemos es a mujeres desplazándose, leyendo cartas, investigando, entrando y saliendo de un pueblo bonaerense que funciona a la vez como espacio real y como territorio mental. Ese movimiento constante descoloca a los hombres, que se quedan siempre medio a remolque, intentando entender qué ocurre. Trenque Lauquen, el lugar, se va transformando en un paisaje denso, lleno de idas y venidas, de coches que cruzan la llanura, de entradas y salidas que convierten un único pueblo en un universo casi inabarcable.

Uno de los rasgos más llamativos de Trenque Lauquen es lo literaria que resulta. No solo por la presencia de libros, cartas encontradas entre páginas marcadas o historias que se rastrean a través de textos ajenos, sino por la forma misma del relato: la película coloca piezas, las hace avanzar a su propio ritmo, se autorreferencia, vuelve una y otra vez sobre determinados motivos (canciones, gestos, escenas) y construye un juego de espejos que recuerda al de ciertas novelas contemporáneas. Hay algo muy bolañano en esa investigación sobre un personaje misterioso a través de relatos de terceros, en ese modo de seguir huellas que nunca terminan de aclararlo todo pero multiplican las posibilidades de lectura.

La estructura en dos partes refuerza esta sensación de obra total. La primera mitad se centra más en la búsqueda desde la perspectiva de los hombres, en ese desconcierto masculino ante algo que no acaban de comprender; la segunda cambia de tonalidad, introduce nuevas claves, se atreve con giros inesperados e incluso con algún salto de fe. El corte en la mitad funciona casi como un intermedio de otra época, pero también como una cesura narrativa que reorganiza lo visto. Lejos de ser una simple “película partida en dos”, Trenque Lauquen demuestra cómo se puede construir una primera parte que termine en el punto exacto para que la segunda no sea un apéndice, sino una relectura.

Todo esto se sostiene, además, sobre un núcleo temático muy claro: la representación de la mujer y la distancia entre la persona real y la imagen que otros construyen de ella. La película dialoga de manera natural con libros como Fortuna, de Hernán Díaz, en esa reflexión sobre cómo se escribe y se reescribe a una figura femenina, cuánto hay de verdad en lo que se cuenta y cuánto pertenece a las proyecciones de quien narra. En Trenque Lauquen, la protagonista busca y es buscada, escribe y es escrita, y el espectador nunca accede a una verdad definitiva, sino a capas sucesivas de relatos sobre ella.

El resultado es una película única, fascinante, abiertamente infinita. Infinita no solo por su duración, sino porque invita a ser revisitada desde ángulos distintos: terminarla es casi una invitación a volver al principio con otros ojos, a seguir las mismas pistas desde otro lugar y encontrar resonancias nuevas. A pesar de su metraje, no es monótona ni complaciente; es un cine minimalista en recursos (pocos personajes, escenarios acotados), pero maximalista en lecturas posibles.

Pocas películas recientes se sienten tan abiertas, tan llenas de caminos y rimas internas. Trenque Lauquen es, sin exagerar, una de esas obras llamadas a ocupar el número uno de muchas listas de final de año: una experiencia radical, literaria y emocionante que demuestra hasta qué punto el cine puede expandirse sin perder la cercanía ni la calidez de sus personajes.

junio 27, 2023

Por Fomorama

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