Los capítulos criticados (haz click para ir a la crítica que prefieras):

Incident On and Off a Mountain Road

Dreams in the Witch House

Dance of the Dead

Jenifer

Chocolate

Homecoming

Deer Woman

Cigarette Burns

Incident On and Off a Mountain Road

Por fin conseguí ver el primer episodio de una serie americana llamada «Masters of Horror», que consta de una primera temporada con trece episodios, cada uno de ellos dirigidos por grandes directores del cine de terror (desde Dario Argento hasta Tobe Hooper).

«Incident on and off a Mountain Road» es el título (cuya traducción en castellano es, nada más y nada menos, que «Esculturas Humanas»…) de este capítulo piloto dirigido por Don Coscarelli, famoso por ser el autor de la saga «Phantasm» y de la película «Bubba Ho-Tep» (que va de Elvis Presley y J.F. Kennedy que luchan contra una momia de Egipto, tal como lo oyen).

Todo empieza, para qué engañarnos, de la manera más desalentadora posible: una chica conduce sola por una callejuela típicas americanas embutidas en medio de un bosque, y cuando va a cambiar de emisora en su radio (toma tópico), sufre un accidente. El coche no arranca, así que coge el móvil… ¿habéis adivinado? Correcto, no hay cobertura. De repente, Jeeper Creep…quiero decir, una criatura maligna, la ataca, y empieza una persecución por el bosque, con tropiezo de la protagonista incluido.

¿Seguís aquí? Sí, todo es un tópico tras otro al principio, pero esta todo tan oscuro que a duras penas logras ver lo que está pasando, y lo más terrible es que el director opta por rodar su capítulo a lo «video clip«.Pero tras unos primeros minutos tan deprimentes, la cosa mejora. Y mucho.

Para empezar, entre persecución y persecución, el guión consta de unos cuantos flash-backs bastante bien logrados (por el curso enfermizo que poco a poco van tomando) en que se explica el porqué de las dotes McGyveristas de la protagonista, bastante sonrojantes de no existir dichos retornos al pasado.

Además, paulatinamente, el capítulo va ganando en fuerza (gracias a un ritmo que no decae ni un ápice durante sus 49 minutos de duración), y en violencia. Vamos, que el malote-deforme-perseguidor-asesino-mutante nos ha salido artista, y tiene su cabañita repleta de cadáveres crucificados de varias maneras, como quien tiene plantitas en su jardín. Además, tiene unos métodos para la tortura muy gratificantes…

Cabe destacar también, que pese a que en un primer momento no me ha entrado por la vista, al final me he acabado enamorando de la protagonista (Bree Turner -«American Pie 2»), principalmente de los labios.

Por último, el giro final, tras tanto abuso de tópicos y lugares comunes, resulta un guiño la mar de gracioso, y desde luego, para nada esperado.

Me gustaría resaltar más de una escena que he apreciado particularmente, pero no quiero desvelar demasiado, así que me quedaré con dos. La primera: un taladro entrando por un ojo, que aunque no muestran el momento de la penetración en sí, resulta todo bastante explícito y sangriento (¡larga vida a los grumitos de cerebro que salen de las heridas en la cabeza!). La segunda es más bien una secuencia, en que la chica se curra una trampa brutal para atrapar a su perseguidor (interpretado, por cierto, por John DeSantis -«13 Fantasmas»), cuyo resultado no es precisamente el que se esperaba…

En conjunto, este primer capítulo no es más que un juego, para ir poniéndote en situación por lo que vendrá después. Lo disfrutarás si aceptas participar.

Dreams in the Witch House

El segundo episodio de «Masters of Horror», titulado en España «Tras las paredes», se basa en un relato de H.P. Lovecraft, y por tanto el director no podía ser otro que Stuart Gordon, uno de los más prolíficos a la hora de adaptar ha dicho escritor («Re-Animator, «From Beyond», o «Dagón, la Secta del Mar» son un buen ejemplo de ello).En este caso, Gordon nos presenta a Walter, un estudiante universitario que decide alquilar una habitación en una tranquila y alejada casa para poder estudiar en condiciones, pese al destartalado aspecto de ésta, y a lo rocambolesco de sus habitantes.

Al poco tiempo descubrirá que bajo ese techo habitó hace siglos una malvada bruja (y su mascota, una rata con cara humana), y que su maldad aún campa entre sus paredes.Lo cierto es que, para qué engañarnos, si no te gustan las historias con brujas, la historia en sí es una chorrada sublime, y hay que ser bastante fan de Lovecraft para tomártela en serio (en el fondo, casi tenía más sentido «Incident On and Off a Mountain Road»). A mí no es que me enamoren ni lo uno ni lo otro, así que cuando empecé a ver el capítulo me pareció que iba a ser una, como dicen los expertos, puta mierda pinchada en un palo.

Pero resultó que no. Y es que una vez metidos en la trama (lo cual no es nada difícil) nos encontramos ante un capítulo con un ritmo en constante aumento gracias a una eficaz dirección, y una vaga sensación de malestar que te impulsa a necesitar saber cómo va a acabar.

Además, consta de unos efectos especiales bastante dignos (excepto algunas escenas algo bochornosillas, principalmente con la rata de protagonista), a los que se suman unos juegos con rayos de luz lilas y sombras que evocan a las antiguas películas del género.

En cuanto a los actores, espero que mueran en el olvido todos, puesto que no me convenció ninguno de ellos, pero en realidad eso es lo de menos.

Lo que más destaca en este cuento, sin embargo, es su generoso uso del rojo elemento, la sangre. Y eso es en gran parte debido a la rata chunga. La vemos royendo una muñeca humana, hecho que provoca a una cascada de sangre, e incluso comiéndose a otra. A esto hay que sumarle una pelea en que uno le mete los pulgares en los ojos a otro hasta reventárselos, cosa que (aunque esté algo mal hecha en el capítulo) siempre me ha encantado.

Por último, destacar el final (que no el epílogo, aunque este no está mal tampoco), del que no desvelaré nada, pero diré que resulta bastante doloroso para los sentimientos y estómago del espectador normal y corriente, y una delicia en mi caso.

Básicamente, otro juego la mar de divertido de esta serie, de la que, eso sí, espero llegar pronto a los verdaderos maestros del horror (y espero que no me decepcionen Carpenter, Argento, Hooper y compañía).

Dance of the Dead

Querido Tobe Hooper (que seguro que lee con devoción este blog).

Le escribo desde mi más sincera devoción con el propósito de darle las gracias. De no ser por usted, no sería la persona que soy ahora. Y es que, siendo aún menor de edad, cayó entre mis manos una copia de su obra magna, La matanza de Texas, y su visionado me hizo descubrir un nuevo mundo plagado de dulces sadismos y gustosas masacres.

Por favor, deje que me explique. Hasta ese punto de inflexión, hasta ese antes y después, yo me reía de las películas de terror (ignoraba el término gore), y las despreciaba como buen amante del cine que me creía (tonto, tonto de mí). Me negaba a ver películas que contuvieran en su título las palabras zombie o muerte. Como mucho, alquilaba para ver entre amigotes Tu madre se ha comido a mi perro, y la medio veía mientras tomaba una pizza con un par (o más) de birras.

Por fortuna, al final de esa caída había un punto de luz, un atisbo de esperanza. JAMÁS una película me había impactado tanto (y aún no he visto nada que se le acerque siquiera). Desde entonces empecé a devorar gore, terror… a mutar en la persona que soy ahora. Ahora alabo este género cinematográfico, que otrora rechazaba sin más.

Reconozco, eso sí, que hasta hoy solo había visto su La matanza de Texas, Poltergeist (demasiado alejada del género como para usarla de ejemplo), y la muy reivindicable La masacre de Toolbox. Hasta Hoy. Y le consideraba como un Semi-Dios. Qué leches, un auténtico Dios a la altura de George A. Romero. Pero acabo de ver su capítulo de Masters of Horror, titulado Dance of the Dead. Y la verdad es que ahora me ha cabreado de sobremanera, jodido cabrón.

Vamos a ver, la historia, la idea en sí (el guión es de Richard Chritian Anderson, basado en una historia breve de Richard Anderson, su padre) es buena, y da mucho jugo: en un futuro cercano, América ha quedado devastada tras los bombardeos infecciosos de la Tercera Guerra Mundial, y ahora, los supervivientes malviven en un mundo prácticamente sin reglas. Aún así tienen sitios para su diversión, como el local Doom Room, a cargo de un personaje interpretado por Robert Englund (¡Freddy Krueger!). En él, tienen por costumbre revivir a los muertos para hacerles bailar a base de descargas eléctricas…

Además, hay escenas realmente cargantes, agobiantes y malsanas. El ataque de dos moteros a una pareja de ancianos, el deshecho de los zombies inutilizables (se les quema vivos en contenedores de basura), o las mismas torturas para hacerles bailar, son geniales, e incluso difíciles de soportar.

Y entonces, ¿por qué ha tenido la osadía de cargarse todo esto de la manera más burda? ¿Qué dice? ¿Que cómo la ha cargado?

En primer lugar, utilizando la infame técnica del videoclip durante la totalidad del capítulo. El intentar meter mil escenas por segundo y montarlas con imágenes superpuestas y zooms frenéticos es un recurso simplemente deleznable, válido para los directores sin personalidad creadoras de basuras para el público pre-teen (al que habría que disparar), pero para los amantes del buen gusto, esto provoca solo un terrible dolor de cabeza y una vaga sensación de alejamiento.

Y claro, si se le suma una música tan atronadora como para hacer estallar los tímpanos de todo ser humano (¿a quién se le ocurre proponer a Billy Corgan que se haga cargo de la BSO?)…

Sí, lo se, ahora me dirá que es un recurso para potenciar el efecto de cuelgue de los jóvenes protagonistas, perennemente colocados con toda clase de drogas… pero esa excusa ya la usó Aronofsky en su (horrible y sobrevalorada) Requiem por un sueño, y la verdad es que no tiene ni pies ni cabeza.

Pero otro problema (aún más grave, diría) es que el ritmo falla en todo momento. Los flashbacks de los cumpleaños, así como los cortes en que Robert Englund presenta los espectáculos de su local, están colocados con calzador y a destiempo. Vistor por sí solos, como se dice en jerga coloquial, molan cacho; el bombardeo en forma de aurora boreal negra que quema las pieles de madres y niñas en la fiesta de cumpleaños son muy originales, y Englund está que ni pintado en en su papel. Y entonces, ¿qué hay de malo en ellos? Pues que aparecen cuando menos interesa, ya sea porque hay un pequeño bajón en el ritmo de la película, o porque esta se encuentra en un momento de clímax bastante prometedor.

Sea como sea, la próxima vez que se le presente un guión tan original como este (en serio, creo que daba para mucho más), le ruego que se dedique a lo que realmente sabe hacer: historias directas, concisas, montadas de manera simple pero contundente, y, sobretodo (y como tan bien hacía en La matanza de Texas), muestre la violencia de manera fría, casi documentalista, pues impacta mucho más que a través de un videoclip (para eso ya están directores-basura como McG – Los ángeles de Charlie, o el ya citado Aronofsky). Reconozco que en este capítulo lo hace pocas veces, pero cuando así es, resultan momentos angustiosos de verdad.

Gracias, y un cordial saludo,

Capitán Spaulding

Jenifer

Ansioso esperaba ver el cuarto capítulo de esta serie: Jenifer, de Dario Argento (Suspiria). Aunque lo cierto es que tras la (relativa) decepción que supuso el capítulo de Tobe Hooper Dance of the Dead, una nube de dudas invadía mi subconsciente. Vaya por delante que, pese a los más y los menos, la nube se disipó.

El agente de policía Frank salva a una chica de una muerte segura a manos de un desdichado hombre, quien justo antes de morir le susurra el nombre de la chica: Jenifer. Al tratarse de la primera víctima mortal del protagonista, Frank se involucra de sobremanera, llegado a acoger a Jenifer en su casa. Al poco tiempo el policía descubre que la chica no es todo lo inocente que parecía ser, pero ello no evita que se cree una tórrida relación entre ellos, basada en una carnal dependencia… Así pues, nos encontramos ante una historia no demasiado original (hecho que influye, y mucho, en el resultado global) de degradación humana, pues la casi totalidad de su metraje nos detalla cómo Frank (interpretado, por cierto, por el mismo guionista del capítulo, Steven Weber) va arruinando gradualmente su vida con tal de no perder a Jenifer (Carrie Ann Fleming), hasta llegar a un final demasiado previsible.

Pero la verdad es que, pese a ello, el capítulo resulta ser muy estimulante, gracias a que nos encontramos ante un Dario Argento en plena forma, que nos presenta su capítulo con todos los elementos que le han hecho grande en el cine.

Desde los títulos iniciales, en rojo sobre fondo negro, a la generosa cantidad de casquería explícita (ojo a la predilección de Jenifer por la carne humana pre-teen), pasando por el fantástico juego cromático y luminoso, y deteniéndose en los títulos finales. Todo en Jenifer nos recuerda a las grandes Profondo Rosso o Inferno, y lejos de parecer un ejercicio de grandilocuencia y pedantería, resultan elementos más que suficientes para disfrutar enormemente con el film.

Pero no solo a nivel técnico se nota la presencia de Argento.

Dos pinceladas básicas (a mi entender) en su filmografía aparecer también en este, su penúltimo trabajo.

Lo primero es que de Jenifer no sabemos más que su nombre. Como es habitual en el maestro, en ningún momento se nos explican sus orígenes, algo que hace que el elemento de terror gane puntos por el hecho de no saber de dónde proviene.

Pero lo segundo, y más importante, es que acaba el capítulo y te sientes algo agobiado, perturbado. Resulta inevitable sentir algo de desprecio por el protagonista (y qué leches, en general por todo ser humano), que muestra una debilidad infinita ante la tentación, y acaba siendo él el verdadero causante de los terribles sucesos que ocurren allá por donde Jenifer pasa.

Al final, poco importa que el guión sea de lo más previsible y tenga alguna que otra laguna, o que el actor principal sea pésimo (que no la Fleming, que convence en su papel de horrible tentación), pues en su conjunto acaba siendo un gran trabajo por parte de Argento, que demuestra una vez más por qué es el mejor giallista que el cine italiano ha concebido.

Chocolate

Una de cal y una de arena. Solo así se puede expresar lo que se siente al ir avanzando por esta serie de terror, que sigo con cada vez más dudas sobre su calidad.

Si el episodio anterior (siempre en el orden en que fueron emitidos en EEUU) logró hacer olvidar el (relativo) fiasco que supuso el capítulo dirigido por Tobe Hooper, el quinto, a cargo Mick Garris (responsable de, atención, «Psycho IV») vuelve a sembrar una montaña de dudas.

Y su principal problema es que no pinta absolutamente nada en una serie con el término «horror» en su título, puesto que de eso no tiene nada de nada.

Jamie (Henry Thomas, Elliott en «E.T.») es un hombre divorciado, deprimido y solitario, que un buen día empieza a tener alucinaciones. No tarda en descubrir que se trata de un vínculo psicológico con una bella mujer (interpretada por una tal Lucie Laurier, vista en «Ni Una Palabra»), y que no solo puede ver, si no también sentir lo que ella hace.

Cuando la ve cometer un asesinato, decide ir en su busca…

La historia es de lo más interesante, y además esta cargada de situaciones bastante subidas de tono (véase la alucinación en que él siente como la chica se masturba en la bañera), por lo que daría para un correcto thriller de intriga. Pero es precisamente esta complejidad su mayor carga. Al tener algo menos de una hora de duración, todo es muy superficial, sin siquiera dar explicaciones sobre por qué existe ese vínculo, y es que no hay tiempo para nada.

Además, el capítulo no asusta, ni asquea, ni nada de nada. Sí, salen tetas, algo por lo visto imprescindible en «Masters of Horror», pero apenas hay sangre. Un corte con un cuchillo (eso sí, bastante macabro) y poco más. Por si fuera poco, la única escena de tensión (el protagonista tiene una visión mientras conduce) está rodada con una torpeza tal que raya el patetismo.

Así pues, cuando acaba el capítulo, el espectador no puede hacer más que preguntarse qué pinta una película «de domingos por la tarde en Antena 3» con buenas ideas, sí, pero mala y banal resolución, en una serie de terror que supuestamente ha de ofrecer sensaciones extremas y «horror» a raudales.

Sin duda el capítulo más flojo hasta la fecha.

Homecoming

Es tiempo de elecciones en Estados Unidos. Mítines, ruedas de prensa, enfrentamientos verbales televisados, todo funciona sin tregua como si de un reloj suizo se tratara. Todo, hasta que uno de los representantes de cierto candidato que podría ser reelegido (¿hace falta mencionar su nombre?), dice algo tan aparentemente inofensivo como profundo: si pudiese expresar un deseo, afirma, este sería que todos los caídos en la guerra de Irak (y en todas las guerras que su país ha llevado a cabo) pudieran volver para afirmar lo honrados que se sentían por haber muerto defendiendo los principios y los colores de su bandera. La frase causa tanto impacto, que el mismo candidato (la verdad, si no es un vídeo del mismo Bush el que ponen de fondo, es de un actor cuya voz es muy parecida) la usa en uno de sus mítines.
Dicho y hecho, como si de un cuento de hadas se tratase, los muertos reviven (ojo a las potentes imágenes de las tumbas decoradas con la bandera de barras y estrellas abriéndose) con la intención de iluminar al público con la pura y horrible verdad. Están cansados de morir por mentiras, y quieren cambiar la situación de una vez por todas como todo buen americano: acudiendo a las urnas. ¿Valdrá el voto de un no-muerto?Así de demoledor se presenta el que es para muchos el mejor capítulo de «Masters of Horror» , titulado en España con el insulso «El Ejército de los Muertos»(1), hasta la fecha. Joe Dante (autor de «Gremlins» y «Aullidos», entre otras) es su director, que adapta un guión de Sam Hamm (escritor de los Batmans de Tim Burton).

Cada vez resulta más difícil encontrar un producto que entretenga a la vez que remueva algo en los cráneos de los espectadores. Por lo tanto, resultaba bastante inimaginable encontrarse con la excepción a la regla precisamente aquí, en una serie de mediometrajes destinados a la televisión, de aparente «serie B».
Pero así es. «Homecoming» supone una hora de entretenimiento puro y ascendente, en que el humor varía desde lo más burdo hasta el cinismo más negro, pero cuyo visionado obliga al espectador a, por lo menos, plantearse una serie de debates morales.


Completamente diferente, aunque aún así también importante para disfrutar del telefilm, es el dilema que supone aceptar que lo que aparecen NO son zombies. Quien vaya con la idea de ver cadáveres putrefactos de cerebros casi vacíos comiendo carne humana quedará enormemente decepcionado.
Quedando avisados sobre este aspecto, solo me queda recomendar encarecidamente el visionado de esta sátira política, tan potente como entretenida, tan mordaz como bizarra (ojo al «Guantánamo para muertos»).
Joe Dante es y seguirá siendo un referente de la serie B. Ojalá, esta pequeña genialidad sea la puerta de entrada al retorno de Dante a la gran pantalla. Crucemos los dedos.

Por cierto, fantástico el maquillaje.

(1) Yo ya tiro la toalla con esto de las traducciones…

Deer Woman

Tras varios meses de parón, ayer retomé la serie, con la visión de este capítulo, a cargo de John Landis («Un hombre lobo americano en Londres»).

La verdad es que resulta difícil aconsejar esta gran broma (y no porque sea mala, ojo). A caballo entre la comedia negra y el gore, mucho más de lo primero que de lo segundo, «Deer Woman» (en España, «Salvaje Instinto Animal») va de un policía especializado en casos de animales violentos, que se ve metido de lleno en la investigación de una serie de asesinatos provocados por lo que parece un ciervo enormemente fuerte. Todos llevan a la misma conclusión: todos murieron después de ver a una impresionante mujer (Cinthia Moura. Bájense fotos y después opinen)…

Forzado por el límite de duración que se impone en esta serie, Landis opta por entrar directo al grano, sin apenas presentar personajes, y pasados cinco minutos ya tenemos un par de asesinatos, y ya está en marcha toda la investigación. A partir de ahí, gran parte del bloque central se basa en las especulaciones, más bien pajas mentales del protagonista, que de noche y en su cama comienza a imaginar todas las posibilidades que den una explicación racional al grotesco espectáculo que supone cada muerte (los cuerpos aparecen destrozados, con marcas de pezuñas, como si hubieran sido pisoteados). Esta situación es directa y descaradamente cómica, mostrando desde descabelladas escenas de posibles asesinas en acción, a ciervos mutantes vestidos de leñadores.

A ello sin embargo, se contraponen imágenes de una nueva cacería de la malosa, que si bien ofrecen algo básico para la serie, es decir, mujeres semidesnudas (otra vez, buscad por Internet a la actriz), lamentablemente resultan impotentes debido a la castración de cualquier gota de sangre, con tal de evitar desvelar al espectador qué secreto esconde la moza.

Sin embargo, cuando el policía entiende finalmente qué está pasando, y la asesina mientras tanto se dirige hacia su siguiente víctima en lo que es el tramo final del capítulo, sí que hubiera agradecido algo más de chicha (se trata sin duda de uno de los capítulos más aptos para todos los públicos que he visto hasta ahora) aunque bien cierto es que tampoco hace falta, pues Landis no busca en ningún momento el gore, o el terror.

Aunque parezca mentira, la cosa funciona bastante bien, creando un entretenimiento cachondo y curioso, que acaba en un soplido y deja al que haya sido capaz de meterse en él con un buen sabor de boca. El problema (a parte de que de «Horror» no tiene nada de nada) es ese, aceptar que lo que se está viendo no es más que una broma, de buen gusto, eso sí.

Cigarrette Burns

Dirigido por John Carpenter, este octavo capítulo de la primera temporada de Masters of Horror es, para muchos, el mejor de la serie. Y puede que tengan razón.

Con su característico estilo simplista (que no simple) y directo al grano, el director de Halloween filma una historia (escrita por los desconocidos Scott Swan y Drew McWeeny) que es un canto de amor al cine en general y al de terror en particular, una aventura narrada casi desde dentro de las entrañas del séptimo arte por y para cinéfilos y cinéfagos, en la que todo lo que se ve en pantalla gira al rededor de éste, epicentro y protagonista absoluto del capítulo.

No son pocas las películas que cuentan con todo tipo de leyendas sobre sus rodajes o fatalidades. PoltergeistEl exorcista o La profecía esconden terribles historias de muertes inexplicables y desastres imprevistos, hasta el punto de que muchas de ellas son denominadas como películas malditas. Igual que estas, La fin absolute du monde tiene su propia leyenda, y es por ello que lleva desaparecida tantos años, después de su única proyección en el festival, por cierto, de Sitges. Por supuesto, eso la convierte en una de las películas más deseadas por parte de los devoradores del cine extremo, insaciables espectadores que siempre están intentando ver la película más violenta, salvaje o perturbadora (¿lograremos algún día nuestro objetivo?).

Como no podía ser de otra manera, esta peculiar búsqueda del tesoro involucra a directores, programadores, actores, críticos y coleccionistas, de manera que todo queda en familia, una gran familia de la que Carpenter nos invita a formar parte, pues se siente orgulloso de ella. Tanto como para presentar de una vez por todas a su hijo Cody, compositor de una banda sonora (hasta ahora ya había colaborado con su padre en Fantasmas de Marte, pero en tascas menores) de más que obvias reminiscencias a la martilleante melodía de Halloween.

Pero Cigarette Burns va mucho más allá, y por momentos parece tener un discurso de más de un punto en común con la fantástica Videodrome de Cronenberg. El personaje de Norman Reedus recorre el mismo via crucis que en su día caminara James Woods, adentrándose en un mundo de violencia sin control y sin poder dar marcha atrás, supeditando su propia seguridad a la morbosa curiosidad de saber. Aunque, tratándose del formato en el que nos encontramos, dicha comparación se quede en poco más de un homenaje, sirve para constatar el retorno de un grande al cine después de varios años de silencio, lo cual siempre es de agradecer, la verdad.

Poco importa el ligero bache rítmico que parece atravesar a caballo entre el primer y el segundo acto, o que la hemoglobina no empiece a brotar hasta que quedan a lo sumo quince minutos de capítulo. Incluso es cierto que podrían recriminársele un par de recursos efectistas para provocar el susto fácil en el espectador (destellos y decibelios al máximo). Pese a ello, Cigarette Burns es una película hecha para los amantes del cine maldito, un canto a los directores como Argento, Hooper, Cronenberg o el propio Carpenter (el tramo final es un delirio con un gusto de delicioso gore de serie b), que apasionará a los que sepan apreciarla bajo el correcto prisma. Supone un soplo de aire fresco para la serie (y no solo), a la vez que el resurgir de un cine personal y alejado de ornamentos, como es el de hace apenas un par de décadas, en el que las limitaciones técnicas se suplían con la vigorosidad de sus creadores.

De obligada visión para todo amante de John Carpenter y compañía.

julio 16, 2008

Por Carlos

deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked

{"email":"Email address invalid","url":"Website address invalid","required":"Required field missing"}

hazte fomorámer total: suscríbete a nuestro canal de youtube