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  • Reseña de Por culpa de una flor, de María Medem (Apa-Apa / Blackie Books)

Debería empezar contextualizando. Hablar de cómo Cénit puso un poquito patas arriba el panorama comiquero nacional en su vertiente más vanguardista -cosechó premios y laureles allá donde cayó- y de cómo desde entonces María Medem ha ido cociendo nuestro hype dejando caer aquí y allá otros trabajos con menos enjundia editorial -que no creativa- por más breves, esperando su nueva referencia larga.

Pero me voy a limitar a ese pequeño párrafo pseudocontextual porque me cuesta no entrar directamente en Por culpa de una flor, si bien no sé demasiado cómo hacerlo en realidad. Es una de esas obras tan complejas de analizar desde lo objetivo, tan inasibles de bellas, tan esquivas por profundas que ponerle palabras resulta algo vulgar. Parece que me escaquee, que escurra el bulto del análisis objetivo y recurra al cliché -quizá un poco sí- pero es que es una obra que invita a eso, al buceo a pulmón. A sumergirse hasta ver a qué profundidad llegamos. A notar el momento en el que el agua entra en nuestras vías. Así de embriagadora es.

Así de poética. Los soliloquios de Antonia, una joven que habita un paraje desolado conviviendo casi únicamente consigo misma y sus recuerdos empiezan construyendo un aparato lírico que contextualiza el punto de partida: paisajes vacíos, la presencia de una naturaleza que va invadiendo progresivamente estructuras arquitectónicas solitarias, marcianas. Y la única compañía de una flor con la que Antonia tiene una relación casi orgánica. Pronto irrumpirá la vida animal y más tarde algunas personas. La ruptura de la soledad y un cierto violentado de la intimidad traerán consigo una exploración de la comunicación y la evidencia de una necesidad de cariño.

¿Suena pedante? No lo es. En Por culpa de una flor todo es fluido, amable, y si bien parece en sus formas un ejercicio intelectualizado de hermetismo vanguardista en formato cómic en realidad es todo lo contrario. Abraza a sus lectoras y lectores y los transporta con suavidad hacia su propio mundo de atardeceres anaranjados, de paisajes en colores contrastados, de naturaleza expresándose en libertad. De perros, pájaros, lagartijas, cabras. Un mundo de ondulaciones, de vegetación campando a sus anchas, gotas de rocío y lluvia suspendidas en briznas de hierba, lagos ejerciendo de aguaespejo, que diría Val del Omar, aves colgadas en mitad del cielo, penachos de nubes rasgando el cielo, de sombras que cruzan rostros tiñéndolos de colores complementarios. De elementos retóricos que ejercen de símbolos, de llamadas a una especie de Historia atávica, la de nuestras tradiciones más profundas, nuestro acervo cultural representado también en lo musical y expresado en citas explícitas al flamenco mediante varias soleás que en su momento interpretaron Camarón o El Pele. Parece que de algún modo el arte de Medem obedezca a una génesis natural (de naturaleza), como si el dibujo y el color y la línea fueran su propio ecosistema. Y si bien podemos encuadrar a la autora en una línea entre lo experimental y lo retro, la misma en la que igualmente podrían encajar Conxita Herrero o Ana Galvañ, la sevillana tiene (también las otras citadas, ojo), una personalidad única e irreplicable. Una capacidad de seducción que se corresponde con su propio poder evocador, con una especie de propiedad sinestésica que dibuja sonidos que se ven y colores que vehiculan esos sonidos. Y que nos lleva a una permanente necesidad de seguir buceando por ahí, releyendo fragmentos, reinterpretándolos o encontrando nuevos estímulos visuales surgidos a posteriori.

Da la sensación que exactamente esto es lo que seguiremos haciendo durante bastante tiempo.

María Medem en su faceta de animadora


febrero 28, 2023

Por Carlos

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