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  • Reseña de El retrato de casada, de Maggie O’Farrell (Libros del Asteroide)

Como punto de partida de Hamnet, su anterior y aplaudidísima novela, Maggie O’Farrell tomó el acontecimiento más traumático de la vida de Shakespeare: la pérdida de su hijo. Sin embargo, optó por ignorar casi por completo la figura del dramaturgo, relegándola a poco menos que una comparsa (ni siquiera se cita su nombre en toda la novela), para tratar semejante tragedia a través de la mirada de Agnes/Anne Hathaway, la «mujer de». Uno de los mayores logros de la obra es justamente invertir los roles habituales, poniéndola a ella en el epicentro y dejándolo a él como «marido de». En este sentido, El retrato de casada es una suerte de, si se quiere, continuación espiritual, en que O’Farrell repite jugada y se/nos coloca del lado que habitualmente queda en las sombras, para hablarnos de la vida y la muerte de Lucrezia De Medici.

Como ya ocurriera en Hamnet, una nota a modo de prólogo nos pone en situación: en 1561 y en circunstancias extrañas, Lucrezia moría apenas un año después de haber contraído matrimonio con Alfonso II del Este. Dieciséis años tenía. Con semejante bomba informativa arranca un libro que se dedica a rellenar los huecos que no sabemos de la vida de la joven, desde sus orígenes como hija algo más asilvestrada que sus múltiples hermanos y hermanas, hasta su prematura muerte. Paralelismos evidentes entre ambas novelas, que siguen estrechamente conectadas por sus respectivas críticas a los roles de la mujer en tiempos pasados (y no tan pasados).

O’Farrell evidencia de nuevo las carencias sociales que convertían al, ay, sexo débil, en poco más que un florero al servicio del macho: Lucrezia tiene inquietudes, potencial descomunal como artista, e inteligencia y rapidez impropias de su corta edad. Pero poco importa cuando se le indica a dedo con quién debe casarse y cómo debe comportarse hasta cuando está recluida y a solas en su habitación. Más que un drama lacrimógeno, El retrato de casada es por tanto una lectura asfixiante, en la que sistemáticamente se le cortan las alas a su protagonista principal tanto como al lector que quiere desplegarlas con ella y echar a volar. Casi me atrevería a decir que, si la que nos ocupa es algo inferior a Hamnet, como un servidor opina, es porque en no pocas ocasiones se torna reiterativa en su trabajo, cual martillo pilón, de sistemática anulación de su protagonista. Un trabajo, por otra parte, más que necesario, claro.

Mal menor inmediatamente sepultado por otra de las señas de su autora: un gusto exquisito, traducido en una novela preciosa que, con independencia de la oscuridad de su contenido, invita a perdernos en los detalles que describe, casi, como si pintara. De la misma manera que Lucrezia De Medici se fija en detalles que luego espera reflejar en sus cuadros, sus dibujos o su memoria, O’Farrell describe con exquisitez y detalle una época de castillos y caballeros, con opulentas edificaciones rodeadas de una naturaleza frondosa. A veces es un luminoso cuento de hadas, otras se tiñe de oscuridad, pero en cualquiera de los casos, la experiencia es completamente inmersiva.

Y luego está el impacto. Es posible que El retrato de casada desarme tanto como lo hacía un Hamnet más sencillo y directo en todos los sentidos. Y es que las dimensiones, capas y ambiciones de la que ahora nos ocupa son muchas más, lo cual no juega necesariamente a favor de las emociones. Pero O’Farrell es una hábil hiladora y se dedica a enarbolar un tejido que confluye, igualmente, en un clímax que se devora por pura necesidad. Hasta los últimos capítulos, estaba cual tigre agazapado: dejándonos algo de libertad, permitiéndonos flirtear con el relajo más allá de las turbulencias de conciencia. Cuando ataca, el zarpazo sigue siendo de gran calado.

Ha vuelto a pasar: la escritora irlandesa ha vuelto a colocar su novela entre una de las lecturas más satisfactorias de la temporada. Qué importante es la existencia de Maggie O’Farrell.

febrero 23, 2023

Por Carlos Giacomelli

Carlos Giacomelli

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