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  • Reseña de El mar de la tranquilidad, de Emily St. John Mandel (Ático de los libros)

Como perfeccionando un estilo, para su última novela la canadiense Emily St. John Mandel parece haberse querido mantener fiel a ciertos elementos que ya conoce y desplegó en sus anteriores Estación Once y El hotel de cristal. A saber: vuelve a recurrir a una ficción especulativa colindante con la ciencia-ficción, a los diversos puntos de vista de personajes en distintos lugares y épocas, a las historias que se cruzan, a los tiempos pandémicos y a las miradas casi fantasmales hacia la volatilidad de la existencia. De nuevo aquí la inicial dispersión formal, los hilos que va soltando sin aparente solución de final, terminan conduciendo, o más bien convergiendo, hacia un mismo punto en el que todo termina cobrando sentido e impacto dramático.

El mar de la tranquilidad plantea de inicio una serie de relatos paralelos, unidos entre sí únicamente por lo que parece una especie de rasgadura del tejido espaciotemporal -una transversal melodía de violín que transgrede todas las leyes conocidas de la física- y acaecidos a lo largo de medio milenio: un señorito rebelde repudiado en la Columbia Británica en 1912. Una mujer en 2020 que intenta esclarecer la muerte de su marido y se topa con la grabación de unas intrigantes imágenes -segmento protagonizado por cierto por varios de los personajes de El hotel de cristal. Una escritora de 2203 residente en una de las colonias lunares que está de gira por la Tierra y es entrevistada por un enigmático periodista. Y un vigilante de hotel en 2401 que decide inmiscuirse en la investigación que lleva a cabo su hermana, física en un Departamento del Tiempo que explora la posibilidad de los viajes temporales. Es hacia mitad del libro donde termina este segmento y ocurre la esperada recogida de todo lo sembrado. Gaspery-Jacques, el protagonista, carga el peso del dispositivo más ciencia-ficción del relato y termina unificando el conjunto. Me guardo de decir cómo, pero las piezas comienzan a encajar.

En su narración Mandel plantea dos escenarios futuros en los siglos XXIII y XXV que son tan desesperanzados, pero no más, que nuestro presente. La autora no está tan interesada en el hecho distópico como en observar cómo ciertos comportamientos individuales y dinámicas sociales pueden transmitirse y mantenerse más o menos inmutables a lo largo de la Historia: en los últimos siglos la población humana se ha visto obligada a emigrar a colonias establecidas en nuestra Luna y en el saturniano Titán, donde han replicado la segregación social de varios milenios pasados vividos en suelo terrestre: el machismo sigue rigiendo las relaciones laborales, especialmente en el sector artístico, y nuevas pandemias -de nuevo el COVID marcando inevitablemente la agenda de la ficción de los últimos meses- ponen a las personas individuales frente al espejo y las enfrentan a su propio aislamiento en una sociedad que sigue necesitando cooperar para prosperar.

De este modo lo especulativo (esa vida en colonias espaciales, la experimentación con viajes temporales) queda firmemente entrelazado con lo real (la pandemia) logrando un tejido narrativo perfectamente fluido, creíble y casi naturalista, donde lo primero -el artificio de género- nos parece plausible y lo segundo -lo auténtico- lo que de verdad vivimos- resulta irreal, propio de una ficción, aparentemente inconcebible en nuestro día a día. Esa es, dados unos planteamientos de género más o menos limitados (la autora no pretende llevar la ciencia-ficción a un nuevo estadio de representación), la auténtica virguería dramática que se esconde tras la construcción narrativa de la novela. La de levantar un entramado más o menos caótico pero darle una densidad muy específica donde todos los elementos, ficticios o reales, terminan cuajando.

Así, con El mar de la tranquilidad Mandel pone palabras a la entropía y especula con qué ocurriría si en determinado momento y gracias a los avances científicos pudiéramos ordenar el caos natural de la Historia. Y se formula, bajo ese prisma, la gran pregunta que ha servido de epicentro creativo para tantos otros autores y autoras del género a lo largo de las últimas décadas: ¿qué es lo que nos hace humanos? Las posibles soluciones de la escritora pasan por la bondad, el libre albedrío, la importancia de la memoria, la percepción del paso del tiempo y el sentimiento de responsabilidad hacia los demás. Pero, como suele -y debe- ocurrir, su texto sólo insinúa las respuestas. Ordenar y dar sentido a las diferentes posibilidades ya forma parte del trabajo del lector.

Emily St. John Mandel habla de El mar de la tranquilidad (subtitulado)

noviembre 11, 2022

Por Carlos

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